
Desarrollo de la deglución
Se ignora a qué edad el feto principia a deglutir el líquido amniótico, pero hay evidencias de que este reflejo está presente entre las 16 y 17 semanas de la gestación (Grand et al. 1976).
Mediante la deglución, el feto aparentemente contribuye a regular el volumen de líquido amniótico (Abramovich 1973), aunque los resultados obtenidos por algunos autores hacen suponer que utiliza las proteínas y la glucosa contenidas en este líquido (Mulvihill et al. 1985). |
| A pesar de la aparente naturalidad con que los neonatos degluten la leche que succionan, el proceso de deglución es aún ineficiente. Este acto fisiológico requiere una compleja coordinación neuromotriz, que depende de la maduración del sistema nervioso; cabe recordar que el proceso ocurre en tres estadios: uno voluntario y dos reflejos. A1 terminar la masticación voluntaria de los alimentos, en la fase bucal, el bolo alimenticio es llevado a las fauces con lo cual se estimula la rica red nerviosa de la faringe; de manera refleja, el velo del paladar se eleva hacia la retrofaringe. La laringe se eleva también y la faringe prácticamente se cierra; las cuerdas vocales se aproximan y la respiración se interrumpe momentáneamente para dar por terminada la fase faríngea. Luego la faringe se abre para permitir el paso del bolo al esófago, donde es impulsado al estómago con ondas peristálticas (Keele y Neil 1971). Más de 30 músculos entran en acción al realizar los movimientos descritos y es lógico suponer que para la coordinación de todos ellos es necesario que el sistema nervioso haya madurado cabalmente. |
Durante las primeras semanas de vida los niños empujan con la lengua los objetos que se aproximan a sus labios; este reflejo de protrusión de la lengua, con el cual rechazan la cuchara, desaparece después de cumplir 12 semanas de edad (Gesell, IIg 1937; Vega Franco, Astiazarán 1983). Mientras está presente, los niños muestran evidencias de su inmadurez para deglutir los alimentos semisólidos; tratan éstos en la boca como si fueran de consistencia líquida, los mantienen en la cavidad bucal por largo tiempo y se les escurren por las comisuras de los labios (Vega Franco y Astiazarán 1983).
Los estudios etológicos llevados a cabo en los años treinta por Gesell e IIg (1937), permitieron a estos autores reconocer que algunos niños tienen a las 12 semanas un desarrollo neuromuscular que les permite aceptar sin dificultad los alimentos semisólidos, pero "es aconsejable postergar su introducción hasta las 16 semanas de edad, ofreciéndolos luego con precaución". |